En casa son los reyes. ¿Y fuera?

chino bravo
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A partir de los 5 años nuestros hijos se inician en los juegos de competición y comienzan a medirse con los compañeros, lo que conlleva quedar a veces como “ perdedor”, cosa no siempre bien tolerada. Algunos niños se ponen “de morros” pero al rato ya están en otra cosa, otros deciden que “ya no juego” o evitan las situaciones de competición, mientras que otros se niegan a aceptar la derrota y explotan de rabia o se quedan con la “espinita” durante horas.


Lo cierto es que en casa los elogios les llueven sin parar: “Pero qué mayor te estás haciendo”, “¡qué bien, Marina, doblaste tu ropa solita!”. Y así un largo etcétera de piropos que hacen que todos los esfuerzos de nuestro hijo por mejorar cada día merezcan la pena y que a estas alturas sienta que lo hace todo fenomenal.

Con este equipaje de autoestima, aterriza sintiéndose “el rey del mambo” en el colegio (o el parque o con los primos), donde, ¡sorpresa!, se encuentra con otros tantos niños que se sienten también los mejores. Y no solo eso... muchos realmente los son en algunas cosas o en algunos momentos.

¿Y qué ocurre entonces? Pues que la idea que cada niño tiene de sí mismo (básicamente la que nosotros le hemos transmitido) se va ajustando a la realidad a golpe de medirse con los demás. Y esto implica perder, renunciar, aceptar, ceder y conformarse con situaciones que, justas o injustas, significan uno de los primeros aprendizajes “serios” de la vida: eres estupendo, pero no puedes ser el mejor todo el rato.


Qué podemos hacer los padres

¿Cómo podemos los padres ayudar a nuestro hijo a encajar y asumir la derrota, y proteger su autoestima? Estas son algunas claves:


Dejarle sentir la frustración

Para tolerar la frustración hay que sentirla por lo menos un poquito. Hay que explicarle que a nadie le gusta perder. Y también es importante aceptar como normales los sentimientos de rabia y enfado.


Ponérselo fácil

Cuando juega con nosotros, no se trata de dejarle ganar siempre, pero sí de darle algo de ventaja para que pueda experimentar tanto los éxitos como los fracasos.


Dar ejemplo

El mejor ejemplo que podemos darle es ceder en ocasiones, aceptar con deportividad que a veces no llevamos la razón.


Darle experiencias diversas

Disfrutar de las victorias y aceptar las derrotas es algo que solo se consigue a través de diferentes experiencias y contextos: jugar con iguales, con niños más mayores o más pequeños; hacer cosas que uno hace muy bien o participar en juegos de azar (la oca, el bingo...) en los que ganar depende de la suerte.


Poner límite al enfado

Expresar el enfado y la frustración cuando se pierde es positivo, pero a esta edad ya puede controlar sus impulsos y empezar a razonar un poco antes de actuar (dar un portazo, pegar una patada...).


Recordar lo que vale

Incentivarle para que participe en juegos o situaciones competitivas es positivo (“hay un concurso de disfraces en el barrio, ¿quieres participar?”), pero haciendo hincapié en sus capacidades. Es fundamental que aprenda que su propia valía no pasa por destacar siempre sobre los demás, sino por el esfuerzo y la ilusión puestos en la participación.

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